Perspectivas Sistémicas
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La relación entre teoría y práctica en la evolución de un terapeuta cognitivo

por Vittorio Guidano

En este artículo el Dr. Guidano repasa las vicisitudes de su propia trayectoria intelectual en la práctica de la psicoterapia, desde el conductismo al cognitivismo racionalista y de éste al congnitivismo postracionalista.

Síntesis realizada por el Lic. Juan Balbi (**)

 

Preliminares de la revolución cognitiva

Contemplar al individuo en términos de principios del aprendizaje clásico y operante permitía considerar al comportamiento humano como a una máquina de precisión regulada paso a paso por el juego de las contingencias que las acciones adquirían en el ambiente circundante. En este punto la terapia del comportamiento ponía a disposición un repertorio de técnicas con las que intentar desconectar las contingencias de aprendizaje puestas a través del análisis comportamental llevado a cabo con anterioridad. Se debilitaba por una parte la asociación autorreforzante entre evitación y alivio de la ansiedad y por otra se afrontaba con procedimiento del tipo "desensibilización sistemática" (Wolpe, 1958) es decir adiestrando al paciente a sumergirse en aquellas situaciones en un estado de completo relajamiento, que al considerar antitético de la ansiedad se suponía que sería capaz de neutralizarla gradualmente.

Los efectos retroactivos de esta praxis terapéutica eran curiosamente chocantes y ambivalentes. Además, a menudo aparecía absolutamente claro que la mejoría producida era el resultado de actitudes terapéuticas no intencionadas, signo evidente de que sin darse cuenta, el terapeuta operaba con modalidades que no conocía sobre mecanismos cruciales del paciente que no era capaz de describir.

Casi dos o tres años de práctica conductista habían hecho cada vez más insalvable la discrepancia entre la parafernalia de técnicas comportamentales, cuyos resultados eran cuanto menos alentadores y el limitado poder explicativo de los principios del aprendizaje sobre los cuales tales técnicas se basaban. La crisis del conductismo aunque se hacía cada vez más neta e irreversible iba acompañada de un notable entusiasmo por la gran ráfaga de novedad que se vislumbraba en el horizonte. A principios de los años ‘70 y gracias a la teoría de la información y a la cibernética, la psicología básica científica se ocupaba cada vez más del lenguaje, de los procesos analíticos del pensamiento, de la imaginación, de la resolución de problemas, etc., aportando todo una serie de datos que permitían entender que la elaboración de la información ambiental estaba en la base tanto de las emociones como de las acciones manifestadas por un individuo en una situación dada.

 

La llamada revolución cognitiva

La revolución cognitiva que se llevó a cabo en aquellos años condujo a una concepción del hombre esencialmente diversa de la de un animal "hedonístico" cuyo comportamiento era regulado estrictamente por el juego alternativo de premios y castigos. A su vez, la teoría de sí y del mundo del sujeto se consideraba como un sistema de creencias ordenado jerárquicamente que guía tanto las acciones como las emociones, y que funciona como un programa de un ordenador, que una vez introducido determina casi completamente cualquier tipo de output que ejecuta la máquina.

La representación de sí y del mundo es el resultado de un proceso cognitivo caracterizado por una direccionalidad que va de lo externo a lo interno, esto es de la realidad del sujeto. La elaboración de los datos sensoriales, que está en la base del sistema jerárquico de creencias es el fundamento mismo de cada posible representación. En otras palabras, el conocimiento proviene de los sentidos y tiene validez en tanto que racional.

Si el conocimiento individual es, en último término una copia interna más o menos correspondiente con el orden externo del que deriva, la psicopatología coincidirá con el grado de no correspondencia con el orden objetivo de las cosas; por otra parte cualquier modificación del sistema de creencias individuales que lo lleve a estar más en consonancia con los axiomas de la racionalidad, será comparada con una mejoría sintomática, dado que coincidiría con un mayor grado de correspondencia con aquel mismo orden.

Hacia la mitad de los años ‘70, esta actitud terapéutica produjo un explosión de entusiasmo considerable y una notable curiosidad hacia todo aquello que era "cognitivo" o "interno"; por un lado, el hecho de colocarse por encima de la posición conductista hacía vislumbrar paisajes hasta entonces insospechados, mientras que por otro, era un poco como violar la famosa "caja negra", rodeada durante mucho tiempo de incitantes misterios.

Sin embargo después de casi tres años de práctica cognitiva comenzó nuevamente a aflorar una sensación de discrepancia entre la lógica lineal del planeamiento teórico y la multiforme complejidad que la práctica terapéutica acaba después por imponer. Se veía cada vez más claro que la elicitación de emociones implicantes por su intensidad y su cualidad en el curso de la relación terapéutica, era capaz por sí misma de producir cambios significativos, sin que fuera necesaria la intervención de técnicas codificadas de reestructuración cognitiva, y esto era difícil de explicar de acuerdo con el planteamiento habitual.

En otras palabras, parecía que el significado personal en la base de un sistema de creencias individuales, a diferencia de las creencias concretas, fuese mucho menos susceptible de transformaciones significativas y tendiese a permanecer inalterable aún a despecho de cambios consistentes. Las consideraciones que de este modo se podían extraer ponían de manifiesto que "la caja negra" era mucho más compleja de cuanto nos dejase suponer el entusiasmo inicial. Nuevamente debía cambiar de actitud aunque esta vez no era posible continuar ni ampliar aquel paradigma empirista-asociacionista que hasta entonces había servido de punto de referencia. El paradigma empirista se había llevado hasta sus límites máximos, ya el problema no era de introducir esta o aquella novedad sino que se veía, por el contrario, la necesidad de modificar conceptos básicos como "organismo", "conocimiento", "realidad", "objetividad", etc.

Así al final de los ‘70 me encontré con una situación semejante a la de años atrás cuando me había visto obligado a profundizar en argumentos y métodos para desarrollar una metodología alternativa a la psicoanalítica. Ahora me veía obligado a revisar los axiomas básicos del planteamiento empirista tradicional que hasta entonces había impregnado toda la psicología científica.

 

Cognitivismo sistémico, hacia el postracionalismo

Si se consideraban con la debida atención los datos ofrecidos por la convergencia interdisciplinaria producida al final de los ‘70 entre teoría de sistemas, segunda cibernética, termodinámica irreversible, ciencia cognitiva, epistemología evolutiva, etc., se llegaba a un cambio radical de la noción de realidad y organismo y en consecuencia a un cambio en la relación observado-observador.

Este cambio sustancial en la perspectiva, que subraya un papel activo y constructivo del observador, lleva consiguientemente a una reformulación de la noción de organismo, cuya autonomía se define en términos de capacidad de autoorganización y de mantenimiento de la propia identidad del sistema.

La lógica autorreferencial que regula la autoorganización de un sistema cognitivo individual, dirige también su mantenimiento a través del ciclo vital.

El nivel de conciencia de un sistema tiene del propio funcionamiento juega, por tanto, un papel crucial en la dirección de un proceso de reorganización orientado al crecimiento personal o al estancamiento existencial más o menos plagado de trastornos emocionales.

En los planteamientos cognitivos de orientación sistémica, en los que el ciclo de vida se ve esencialmente como direccionalidad progresiva del conocimiento individual, el cambio se orienta hacia una reformulación del modo en que puede ser modificada la conciencia que el paciente tiene del propio funcionamiento de forma tal que prosiguiendo su direccionalidad progresiva pueda asimilar el desequilibrio producido desplazándolo hacia un equilibrio más dinámico e integrado.

En el cognitivismo clásico la racionalidad se considera como un conjunto de axiomas normativos de valores universales que configuran el orden externo, unívoco y objetivo gracias al cual se hace posible evaluar el grado de problematicidad e inconsistencia de cualquier comportamiento analizado. El terapeuta, como depositario y garantía, puede situarse con un rol privilegiado que le permite criticar "objetivamente" la irracionalidad de la conducta del paciente. Resulta evidente, por tanto, que para obtener un cambio terapéutico, un terapeuta cognitivo orientado en un sentido sistémico y postracionalista no puede limitarse sólo a jugar el rol de "persuador oculto". Dado que el objetivo no es tanto que el paciente cambie de creencias a cualquier precio, sino más bien que sea consciente de su modo de elaborarlas, ya desde el primer momento el terapeuta orientará la atención del paciente hacia la reconstrucción y comprensión gradual de las reglas sintácticas de base que gobiernan los aspectos invariantes de las emociones y de las representaciones críticas.

Esta suscinta exposición de la estrategia terapeutica del cognitivismo postracionalista pueden servirnos ahora como marco referencial para configurar los problemas aparecidos en éstos últimos años de práctica clínica de esta orientación teórica. Me limitaré a subrayar dos: el del cambio terapéutico y el de la conciencia.

Para la obtención de un cambio terapéutico parece indispensable la presencia simultánea de dos procesos básicos: a) un efecto discrepante (derivado de la explicación ofrecida por el terapeuta) capaz de desencadenar una modificación apreciable del punto de vista que el paciente tiene de sí mismo. b) un nivel apreciable de implicación emotiva en la relación terapeutica. La perspectiva clínica que surge de éste modo de plantear el problema del cambio, se materializa en el papel del terapeuta como perturbador "estratégicamente orientado". De esta forma el papel del terapeuta resulta más bien trabajoso dado que también debe tener en cuenta sus propias oscilaciones emocionales.

El análisis detallado de las modificaciones del nivel de conciencia provocadas por un setting terapéutico postracionalista, ha permitido comprobar que la conciencia no es más que uno de los procesos con los que un sistema construye una representación de sí mismo, apta para incrementar su eficacia adaptativa.

Tal representación está regulada por la misma lógica autorreferencial sobre la que se basa el sistema entero y por lo tanto no corresponde a una imagen de sí "justa"o "verdadera" sino más bien a la imagen necesaria para el mantenimiento de la coherencia interna, y por lo tanto orientada a poner menos de manifiesto las contradicciones y las discrepancias del sistema personal. Resulta cada vez más evidente la necesidad de proceder con cautela en llevar hacia adelante una estrategia dirigida a modificar los niveles de conciencia habituales.

El terapeuta debe procurar actuar sólo en aquellos sectores de la experiencia que se revelen críticos en base a una previa reconstrucción de los temas de fondo del significado personal del paciente, absteniéndose de intervenir a ultranza en otros sectores. Estos son los aspectos esenciales que en este punto de mi evolución personal como terapeuta me han hecho ver la relación entre cambio y conciencia en el curso del ciclo de vida como un punto de contacto crítico cuya profundización nos podría revelar aspectos todavía imprevisibles, capaces de conducirnos a otro nivel de comprensión respecto al cual nuestros conocimientos actuales podrían parecernos quizás evidentes y banales. Es lo que espero pueda acaecer en el curso de los próximos años.

 

(Síntesis de la publicación de la Revista de Psicoterapia / Vol. 1 N° 2-3, Madrid 1990).

(*) El Dr. Guidano era psicoterapeuta, fue profesor de la Universidad de Roma y autor de numerosos artículos y libros.

(**) El Lic. Juan Balbi es psicólogo, profesor de la U.B.A. y director de entrenamiento de terapia cognitiva postracionalista.

 

"Nosotros no conocemos, sólo adivinamos"

J. B.: Quería preguntarte acerca de la influencia de Humberto Maturana (1) en tu modelo. A mí me da la impresión de que vos ibas siguiendo un camino convergente con el pensamiento de Maturana y que tu encuentro con él fue posterior al comienzo de la constitución de tu modelo; porque en tus dos primeros libros –por ejemplo en "La complejidad del self", del año 1987- Maturana no está citado en la bibliografía. Sin embargo, vos ya seguías un camino coincidente.

V. G.: Sí, es así. Después lo conocí a Humberto y lo que escribió me ha esclarecido muchísimas cosas, pero fue un encuentro sobre un camino en el cual yo ya estaba. Había empleado otras formas para llegar, tenía otros referentes, más relacionados con la obra de Hayek, pero el asunto básico que es el fundamento de toda la obra de Humberto fue también mi interés desde el año ‘80, que se concreta en el libro que publicamos con Liotti en el ‘83: el planteamiento de que no existe una realidad unívoca y objetiva para todos. Creo que también fue el camino de Mahoney, llegamos a esta cuestión cada uno desde su historia particular. Después, conocer su argumentación me esclareció aún más las cuestiones a las que yo había llegado por mi cuenta.

J. B.: En este sentido, ¿cuál es la diferencia-si la hay- entre lo que vos en tu primer libro llamás una concepción de realismo crítico en oposición a un realismo ingenuo y la actual posición de Maturana respecto al conocimiento?

V. G.: No creo que haya mucha diferencia. Entre el primero y el último ha habido una mayor elaboración de la argumentación, de los términos, pero no hay una diferencia en términos de significado, porque cuando yo me refería al realismo crítico eso implicaba que prácticamente era imposible cualquier tipo de conocimiento objetivo de la realidad. Y crítico significaba exactamente lo esto. Pero esto es algo que pertenece ya a la conciencia epistemológica de este siglo. Es algo que Maturana desarrolla de una cierta manera, pero ya existe desde Popper.

Popper dice textualmente en uno de sus artículos básicos: "We don’t know, we only guess", que quiere decir textualmente: "Nosotros no conocemos, sólo adivinamos".

 

El Dr. Maturana es un reconocido neurobiólogo y pensador chileno.

Fragmento del libro : "Terapia cognitiva postracionalista. Conversaciones con Vittorio Guidano". Juan Balbi, Editorial Biblos, 1994.

Este artículo fue publicado en el nº 37 de Perspectivas Sistémicas ("Construyendo la Memoria del Futuro", Julio/ Agosto de 1995)

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